EL TRIUNFO DE LA INDIFERENCIA
Con todo lo sucedido hasta el día de hoy, queda demostrado que Manizales no tiene los medios necesarios para evitar y/o superar cualquier contingencia, sea de tipo natural, social, político o institucional.
Y fueron muchas las calamidades y emergencias que sacudieron estos meses nuestra ciudad: avalanchas, derrumbes e inundaciones, la tragedia del bus de Bolivariano y del barrio Cervantes, el incendio en la Industria Licorera de Caldas, la crisis del acueducto, el corte repentino del gas natural y, por supuesto, las inevitables pérdidas del comercio en general.
Ante esto, el panorama de liderazgo administrativo no pudo ser más desolador: el Gobernador suspendido por gravísimos escándalos y un Alcalde sin mayores ejecuciones, con notable incompetencia para manejar las crisis, tanto las anunciadas como las imprevistas.
En todas estas situaciones dramáticas que atravesamos, quedó claro que carecemos de un liderazgo responsable y efectivo y que nuestros dirigentes no tienen la capacidad -ni la voluntad- de sacar adelante a su comunidad.
Se sabía, por supuesto, que la ‘politiquería’ era la causante de muchos de los grandes males de nuestra región. Y, con algunas leves esperanzas, creímos que esta conjunción de desastres podría ser un llamado de atención a la ciudadanía para que buscara una salida a un letargo de años. Pero en vez de cambiar este destino, una cómoda mayoría optó por mantener y replicar sus más tristes y viejas prácticas.
Como es de público conocimiento, el pasado 30 de octubre de 2011, los manizaleños no celebramos ningún triunfo de la democracia: el único triunfo fue el de la INDIFERENCIA. La indiferencia de una ciudadanía que no fue capaz de cambiar sus líderes y costumbres políticas y mucho menos de alzar la voz y ejercer sus derechos, de protestar contra las pésimas administraciones que nos han regido.
Hoy, todavía con las secuelas de las emergencias y desastres vividos, muchos dirigentes, periodistas y líderes gremiales, promueven que se oculten las causas y consecuencias de lo sucedido, que no se expongan públicamente nuestros problemas, para mantener así, ante el país y la opinión pública, una apariencia de tranquilidad y sospechosa confianza. Al fin y al cabo, como se dice por ahí: “en Manizales nunca pasa nada”.
Y mientras tanto, ¿qué hacen los gremios de Manizales? ¿Para qué sirven? Estas organizaciones dejan mucho que desear con su actitud y su indolencia. Mientras que en Manizales crecen y se extienden la corrupción, el desempleo, la miseria, el hambre y la violencia, los gremios se debaten en una inoperancia y una crisis de credibilidad que los hace ver como organizaciones obsoletas y caducas.
Sin duda que la posición de abandono y negligencia de nuestros gremios, así como el conformismo ciudadano, son el reflejo de unas lamentables condiciones sociales y políticas de nuestra sociedad. Pero también es cierto que las soluciones comienzan en el mismo instante en que se descubren y aceptan los problemas.
Un ejemplo concreto de esto es que todos los servidores públicos, involucrados por acción u omisión en estos hechos, debieron tener el valor civil de renunciar a sus cargos. Como no lo tuvieron, nos queda a los manizaleños y manizaleñas el deber de exigir que la negligencia y la incompetencia no se repitan. Y si esto no es posible, nos queda, por lo menos, el derecho de expresar nuestra indignación y descontento.
Una pena contada en voz alta puede suscitar la compasión de algún doliente. Espero que Manizales nos duela de alguna forma.
Manizales ,28 de Noviembre de 2011


